viernes, 22 de julio de 2011

lazos a Devitt

Tal vez tengas razón. He dicho "te amo" muchas veces. Tal vez tengas razón y contigo todo era falso. Todo lo mío a ti. Dejamos a un lado tus supuestas teorías sobre el amor que me profesas. Me convenía amarte y a ti te convenía que yo te amara. Lo hice por los dos. Podría haber seguido jugando así, sin darme ni darnos cuenta un buen rato. Tuviste que dejarme para entenderlo. Aún así no entiendí que me dejaras. Hablas de haberte dado cuenta de mi desamor antes que yo. Yo hablo de las veces que bailamos salsa en medio de un salón rodeados de conejos que se parecían a Bugs bunny.
Dices que me sigues amando, que mi amor no es, ni quieres que sea un consuelo, sino ese demonio. Ese demonio que te lleva a ser escorpión.
Yo siempre fui de chapulines. Nunca me han asustado los escorpiones, basta un poco de alcohol para que el resto de la manada se aleje. Como con los perfumes o la mala fama de los pueblos.
Tuve mañanas a tu lado en las que juré amarte. Ahora veo que no. mi vida sigue y lo último que quisiera es estar a tu lado.
Creas historias donde no las hay. Hablas de ser escorpión cuando más bien eres el macho de la mantis. Podrás seguir gritando de que me amas y que por eso destrozaste lo que teníamos. Yo grito que lo tuyo conmigo no fue y no va. Empezando porque no sé ni que sea esa palabra para ti. Ni para mi. A mi amor se me parece árbol o flor o amor podría ser adove.
Sé que desde que no estás canto más fuerte y mis pisadas suenan como las de gigante. Que los coches me miran simpática y las avestruces han dejado de jalarme las uñas.
No sé ya ni para qué decirlo.
Tampoco extraño su jabón de manos, aunque tenga un paquete en la alacena.

martes, 19 de julio de 2011

Ayer pensé que te quería. No se cuándo.

Algo en ella sanó hoy y por eso durmió tanto.

Entonces abre los ojos a la siguiente mañana y dirigido a ella sale un “Ayer pensé que te quería. No se cuándo”

La primera separación fue dura. No se recuerda tanto llanto desde que un Romeo pensó muerta a Julieta. Un Romeo que no era Di Caprio y una Julieta que no era la de Fellini.

Despedidas hay muchas. Unas duelen más que otras, unas se lloran más que otras. Unas parecen afectarle pero el ipod siempre le rescata de ello. Eso, o algún duende que estudie arquitectura y prefiera bailar Elvis Presley en una Sala Sol de Abril.

Después de la última despedida la Otra no quiso hacer la cama en días. Tenía miedo de que el olor se fuera. Dejó el pijama de la Una sobre su almohada. Para pensar que iba a volver. Que esa noche también dormirían juntas. Los días que, por fin, eran de calor, para la Otra se volvieron grises. Bajó la persiana, la de madera, la que no deja entrar un rayo de sol a ninguna hora y no quiso volver a pensar en los países del sur. La persiana que la Una dejaba semiabierta antes de dormir. Decía que de lo contrario no despertaría nunca. Y la Otra pensaba que ojalá no lo hubiera hecho. Que ojalá se hubiera quedado entre sus persianas y su puertita y los móviles de chino que le regalaba cada mes. Que ojalá sólo hubiera esa habitación, ese edredón y ellas dos. Más la música que ponían para disimular.

La Una tomó un avión. No se sabe si la echaron o si moría por huir. ¿Huía para morir? Si las persianas la habían vuelto alérgica y necesitaba desesperadamente volver a oler el Sur, y comer mangos en las calles. Tener sábados de paletas heladas de fresa y cervezas con limón. Que lloró todo el camino, las catorce horas, eso nadie lo duda. Pero sin saber bien a qué o a quién le decía adiós. Quizá a una canción de Moulan Rouge y a una vida en un pueblo de latinos dónde nació Penélope Cruz.

Se fue, para reencontrarse con una ciudad caoba de fuentes bailarinas. Con amores pasados idealizados hasta el tuétano. O quizá no. Con una ciudad de compromisos, de anillos, de sonrisas ya inventadas y borracheras siempre justificadas. Pensó que la Otra no cabría nunca allí. Había que reencontrar más de un abrazo.

A probar el agua de alpiste y las cápsulas de Omega 3. Intentando volver a un peso perdido. Tratando de borrar las arrugas que habían salido fuera. Sería por el frío, o por los llantos en las estaciones, o por gestualizar cuando no debería.

La Otra escribía y lloraba. Creaba castillos de sangre y otros de azúcar. Fijaba la mirada en la calle de un pueblo que nunca le había pertenecido. Pensaba en la Una como un sueño que todavía se podía alcanzar. Hasta que fue un lunes de piscina y la burbuja de nostalgia se rompió con una sola sonrisa. Hasta que ese lunes sus ojos se volvieron de fresa y ya no había pececito que la detuviera.

Después de tanto azufre la Una decidió creerle a McGregor y aferrarse a la Otra. Pero ya era tarde. La Otra estaba en otra más y la Una rodeada de cantera y de campanas de iglesia que le anunciaban algún final. O algún principio. Dejaron de ser un “nos” para ser un Ella, cada una. Una en el sur al que llaman norte y otra en un primero que es casi tercero.

Así acaban casi todas las historias. En realidad todas las que no sean de fantasía. Pero la Una y la Otra se reencuentran. En un punto en el que sería imposible ser un Nos y un Ella. En un punto en el que las miradas ya no llevan dolor, ni esperanza. Dónde las miradas son un; te querré siempre, pero no a tu lado ni a mi lado. Dónde estemos y con quién estés. Mejor así.

Se miran en una Catedral que estuvo hundida. Una Catedral construida sobre otra. Con nuevos cimientos que están hechos de los que hubo antes.

Esta vez se despiden sin un Nos, con dos yos fortalecidos y cariñosos. Hay un abrazo de cuatro días sin un baño y una nariz tapada, que entre otras cosas, tampoco registra el olor. Hay una lágrima y unas cuantas pasadas de saliva, o de agua interna. Eso no se sabe. Dos te quieros y una seña que no logró su objetivo. Esta vez no hay corazones rotos, ni egos destruidos. Hay una mochila que va de regreso a la lavandería y unas botas, de tacón, preparadas para largas distancias en ciudades desconocidas.

La Otra vuela hacia su otra y la Una se vuelve a leer a Stevenson. Pensando, en cada paso que los demás mienten. O están equivocados. El amor del que ella habla es posible.

sábado, 9 de julio de 2011

¡órale valientes! H. l azul.

Renuncia a la erudicción y evitarás preocupaciones.
(Lao Tse- Tao Te King)

El que capacita. Qué graciosa palabra, capacitar. ¡Orale a ser valientes, capaces, voraces! Sale de la sala, en la que estuvo media hora hablando sobre la nueva campaña publicitaria mientras yo lo espero afuera. Lo espero con una de tantas actrices olvidadas que sonríen ante quien les conviene y no se dan cuenta que tal vez el de al lado sea un mejor escalón. Nos dedicamos a blofear un rato que si hice tal novela, yo tal película, a mi no me gusta el teatro, a mi leer, agencia a,b y x. Nombres de personas que me he ido aprendiendo los últimos dos meses. Porque hay que estar al día y diría el que capacita. "Todas las mañanas a ver fashion tv"
Sale el que capacita, argentino mediano. Seguro mi argentina lo llamaría negro. Él era un negro en su país. Aquí nos ha conquistado con un poco de labia y los centímetros de ego que le faltan de estatura. Con razón habla tanto de Napoleón. Entonces me mira con esa desfachatez de porteño. No puedo evitar remitirme a aquella jefa del pádel que no paraba de hablar de todo lo que no tenía. Y con todo el morro que lo podía preceder, anuncia que no dará el curso, por tal, cual y pascual. No nos queda más que sonreír. Mirándolo a los ojos, estando totalmente seguras de que miente, de que en realidad nuestro tiempo, dinero y demás (que es de lo que él habla) no le importa un carajo. Pero entre tantas luces, música y dolares. Uno asiente y sale mentando madres sólo en su interior.
Para volver a un destino a dos horas donde llueve y las calles están inundadas. Los taxistas dormidos y las flores de muerto pudriéndose en las paredes.
Queda un libro de Xavier Velasco y un paraguas roto que combina con las botas mojadas.

Una transición entre el limbo y la duda sobre los besos. La importancia de los besos. Las apuestas. Igual luego no besas porque te dan cosquillas en la nuca y besar esa boca sería entrar a profundidades en las que ahora mismo no se puede volver. Hay que estar recta, coger el metrobus, el metro y caminar quince minutos. Eso lo primero. Luego buscarse una vida.
O igual sólo son las no ganas. Una cama repleta de ropa, algunas medias mías que llevaban ahí ocho meses y ya hasta los rombos se habían borrado. Una ventana con vista a un supuesto mar que en realidad es Reforma con Periférico. O es no hacer lo que hacen los demás. Es una gripa y un parásito y una bacteria.

Es un ir y venir por tierras de marcas y tierras de letras. Son librerías repletas de libros que nunca he leído y supongo que no leeré. Son comezones en la cintura por una máquina para endurecer. Es dormir en un armario con un muñeco del principito. Pensar en Maquiavelo y en los moscos que se empeñan en no dejarnos dormir.

Es una mesa y un suelo repleto de kleenex. Una nariz roja y desentonada. Una gran mudanza para hacer y muy pocas ganas de hacerlo todo a la vez. Un nextel a punto de morir. Tres libros de actuación esperando ser terminados. Dos de arte contemporáneo que algún amor, de esos pasajeros, dejó en mi casi buró para que entendiera su arte abstracto y saliera de mi Dalí. 27 películas de arte que no he visto. Una pila de diarios por transcribir. Una caja con nuevas ideas sobre papiroflexia, la Tia cositas, y la onda indie. Un kiss que abrí y se quedó a medias. Una lavadora que no quiere echar a andar. Ciertas reflexiones sobre la última película de Godard y un momento mágico en el metro Insurgentes haciendo música con la voz de alguien más y sus palmadas y su no barba.

Entonces es cuando el argentino, el que capacita, el negro, el Napoleón. Me importa menos. Y cómo me va a importar que me hable una hora y media o dos sobre New York, Einstein, Dolce, CArtier, Mac, y tantas otras más si no hay espacio suficiente para ser. Ese muñequito que quiere que sea. Como las matronas en las novelas de Sade, o de cualquiera. No puedo ser de su familia. Nos separa una vida y un corazón. En este caso creo que es el mio. Nos separan dos horas de metro y de carretera.
Ya capacitarme pierde sentido.

viernes, 8 de julio de 2011

Devitt uno de aqui.

Tuve que dejarte. Irremediablemante. Estaba harta de limpiar mis pisadas de tu suelo. Tener que esperar a que salieras de casa para limpiar cada rincón que yo había tocado. Angustiada porque cuando me fuera ese volviera a ser tu espacio y tú no te deprimieras pensando en mi. Cargar con tus tristezas no siempre era fácil. Hablas de mis falsos "te amos" No eran falsos. Tal vez sólo diferentes a los tuyos. Recuerdo pronunciarlos sabiendo que para ti no era lo mismo que para mi pero que aún así lo tenía que sacar. Porque tú lo necesitabas. Y yo también luego tenía ganas de decirlo.
Sabes que salir de ahí no es fácil. Que cuando cerré la puerta estuve segura que era la última vez que volvería. La última vez que te me encimarías a besarme el cuerpo entero y decirme cómo a nadie habías querido como a mi. También tendría que parar de recojer mis cabellos de tu lavabo y soltarme el pelo donde fuera para no preocuparme por mi adn regado en tu recinto.
No siempre es tan fácil dejarte. Lo hago una y otra vez cada vez que me lavo los dientes. Hoy tengo un sabor amargo. Las encías están cubiertas de una capa que ya no se si es café, huevo o los cigarros que nunca me he fumado.
Escribes, reclamándome el desamor, mi supuesto desamor. Nunca entendí el tuyo. Lo confundes con necesidad y con ganas de encajarle a alguien la punta de tu entrecejo.
Escribo para poder aclararte que siempre te amé. Te amo como amo yo. A mi manera.

miércoles, 6 de julio de 2011

V (homenaje al l. a)

He cambiado como cambia la luna, cuando no he tenido más luz que dar;
pero entonces no he podido renovarme como la luna;
no se han encontrado soles con los que pudiera conseguir préstamo.
(Timón de Atenas- Shakespeare)


Pasé la noche contando cucarachas. ¿Sábias que pueden llegar a tener 6 patas? Entre sueños perdía mi pasaporte y ante tal catástrofe moderna no sabía quién era, ni a dónde iba. Abrí los ojos intentando recordar qué día era y porqué estaba aqui. De quién era ese colchón y esos libros de rancho. Fue desesperante perder la razón. Con ese pensamiento descubrí que tengo razón. Qué cosa más rara.
Hubiera escogido quedarme con ustedes. Ahí en sus casitas de hongos y batidos de mango. Como si fuera bailarina.
Desde la orilla de la cama tiré una moneda. A ver si aparecía la cara de ese señor. Apareció un águila y sentí que el nopal la estaba devorando a ella. El nopal que dicen que sabe a Aloe Vera. Tantas tonterías vas escuchando por la calle.
Repasé las hojas de marfil. Encontré la flor de tu cabello, la que perdiste cuando él te dejó. Como cuando llorabas en el coche antes de dejarme con el negro.
Vi tu perfil y escuché tu llamada a primera hora para hablar de una virginidad mal arrancada.
Virginidad, virilidad, vitalidad, vicio, vitamina, vistete.
Vuelvo a viajar con V de vuelta.

jueves, 30 de junio de 2011

otra vez (h.l.azul)

Es un trabajo monstruoso. Cuanto más lavo mi cerebro más turbio está.
(Antonio y Cleopatra. Shakespeare)

Abrí el ojo y no supe dónde estaba. Entendí que estoy en el lugar del que me iré pronto, otra vez.Un poco de ácido en el estómago,otra vez, el comentario que escuché ayer sobre ti.
Intenté recordar tu sonrisa, otra vez no lo logré y apenas pasaron dos meses. Cuando sean seis serán tus ojos.

Me atraparon las redes, otra vez, y ya no volví a recordarte.

miércoles, 22 de junio de 2011

de diarios (h. libro azul)

La pacienca y la aflicción luchaban a quién la representaría más sanamente. Vos habeís visto el sol y la lluvia a un tiempo. Sus sonrisas y sus lágrimas semejaban el mejor mayo. EStas venturosas sonrisillas que jugaban en sus labios maduros, no parecían saber qué huéspedes contenían sus ojos; y estos huéspedes se desprendían como perlas que gotearan diamantes. En una palabra, el dolor sería una rareza muy estimada si todos pudieramos traducirlo asó.
(Rey Lear- Shakespeare)


Salí un miércoles. Miércoles que sería de calor pero por la mañana nos echaban un poco de fresco para que no estuviéramos cansados todo el día. Arranqué a las seis de la mañana. Salí, sin estar segura cuál era el bus que había de tomar. Unas cuantas preguntas y allá vamos. Maleta en mano. Ya tengo callos en las palmas de tanto cargarla. Me puse nerviosa y bajé antes. No distinguía la parada con los primeros rayos del sol dándome de frente. Caminé en subida, arrastrando mi maleta, la negra, la que todavía no se rompe. Pasé por la Cruz Roja en la que estuvo mi hermano por culpa de una gran resaca. Luego el salón en el que bailé tantos quince años y por fin llegué a la escuela de artes en la que, por casualidades, nunca entré. Me senté sobre mi maleta, la negra, a esperar. Comencé a leer teatro. No hay nada que disfrute más que leer teatro mientras termina de salir el sol.
Primero llegó la pareja. En la moto de él. Él, músico de 18, con el pelo largo y paliacate en la frente. Ella, bailarina exiliada de una religión castrante, abrazada a la cintura de su jazzero, preparada para un nuevo día en la academia. Me gusta verlos. Es como ver a la novela de Chimo en primera fila. Cuando el pianista llega, ella se despide. Zarpamos a la capital. "A la capirucha" Dice el jazzero y el pianista rie.
Así que jazzero-guitarrista, pianista y cantante tomamos carretera. Por unos instantes me siento On the road. Pero yo con diez años más. Me llaman "la veracruzana" por no tener pelos en la lengua. Al parecer a los de 18 hablar de la regla y algunos deseos les parece novedad. Yo disfruto alarmándolos. Llegamos a "la capirucha". Me bajan en Coyoacán. Enciendo el Mp5. El que me dio ella en un cumpleaños de amor y pobreza. Sí ya hay mp5. Lo sabré yo porque es mio.
Recorro Coyoacán, con mi maleta, la negra. Escucho Julieta Venegas, digo, ya que estamos por sus rumbos, vamos a ponernos en su ambiente.
Encuentro el metro General Anaya. Recuerdo la semana anterior, bajando de ahí con fiebre, diarrea y las ganas inmensas de estar en una cama que fuera mía. Al amigo que me ayudó y durmió en el suelo para que mi fiebre no fuera tan severa. Al centenar de gordos que no me dejaron bajar en mi estación y de un codazo me echaron hasta atrás.
Reí y emprendí camino a Ciudad Azteca. Leyendo teatro, cruzar la ciudad de punta a punta es una delicia. Llego. Ella no está. Me siento sobre mi maleta, la negra, y sigo leyendo. Ella siempre llega tarde y nunca sabe porqué. Dice que se arregla pero, yo siempre la veo igual, antes o después de bañarse. No se maquilla ni se alacia, ni ella sabe lo que hace. Talvez se pierde con ella misma en el espejo, en sus risos y en la distancia entre sus pestañas y sus cejas.
Dejamos mi maleta, la negra, en su casa y me hace ir de regreso al centro. El trayecto hablando me parece más largo que leyendo.
Recorremos el centro en búsqueda de un vestido perfecto. Creo que la gente no recuerda que odio ir de compras, me aburro y cada vez me parece más pesado el consumismo. Será porque no tengo para consumir.
Asì que ahí vamos, el novio-exnovio, ella y yo. Sonríen, hablan, caminan, se miran. Y no puedo evitar acordarme de ese antes con él. Que éramos el uno para el otro pero nos negábamos a ser el uno del otro. Así que estábamos sin estar, según nosotros, estando más que nunca. Hay lazos que van más allá de lo dicho. Me río un poco de ellos y de esa mentira que se están creando.
Pasamos por el Zócalo. Esa plaza que me llena de energía y nostalgia de una historia que no he vivido. Ellos se quejan por los manifestantes. No lo entiendo. Esa manifestación, la controle quien la controle habla de un pueblo que no ha caído del todo en la indiferencia, un pueblo que aún se quiere manifestar. Ahora son ellos los que ríen de mi y de mi forma de hablar. Dicen. Es que son Chefs y así no se habla entre ellos. Después a comprar cosas de repostería. Esas tiendas sí me gustan. Me gustan los colores de los globos, las estrellas, la brillantina y las plumas que cambian mis ojos. Algo traigo últimamente con las plumas.
Me llevan a un cine "de esos que te gustan a ti", Lumiere. Claro que me gustan. Pero no hay película disponible y tomamos un té chai hablando de los libros que nunca leyeron y no tienen ganas de hacerlo. Dicen que leer les da sueño. Yo me pierdo en el cartel de una tal Alicia y su relación con el mar.
Volvemos a casa. Él nos lleva hasta nuestra estación de metro. Yo pienso que las mujeres con novio se vuelven inútiles y dependientes. Que si no lo tienes no pasa nada en ir sola de un lugar a otro. No sé, hay muchas cosas que no entiendo. Como que te abran la puerta, tan fácil que es. O que te sirvan la copa, y los hielos, y el refresco. Esta doble manipulación de ser indefensa y que él lo haga todo. Pero tanto a ellos como a ellas les gusta. Así que qué va a decir uno.
Nos vamos al twitter y a la cama para descansar los pies, negros, como mi maleta. Dormir me cuesta. Alguien viene y no sé cómo será su visita.

El jueves despierto sola. Otra vez twitter y esta obsesión de ser amiga de todos. Parto, de nuevo con mi maleta, la negra. Una hora y media de camino para dejarla. En casa del amigo yuppie que me enseña sobre Ferragamo, Blackberry y Zegna. Dejo maleta, negra. Intento volverme más guapa y salgo a Nápoles. Me cruzo con mis compañeras de trabajo. Todas modelos y yo que les llego a la cintura. Sobretodo ahora que no llevo tacones. Decido echar una gran caminata. Total, mientras haya música los pasos no pesan. A conocer el Foro Shakespeare. Entonces, la vez que conocí a Bichir en un teléfono público a medio Gran Vía, y llamé al otro para decirle ¡Lo he conocido! gastando el euro que tenía para llamar. De cómo me dijo que algún día trabajaríamos juntos y yo lo tomé como señal. Me dejan a la espera, mientras conozco el espacio. Abro a Joyce y tratando de entender lo que dice sobre la estética me pierdo en el nuevo separador de Antes del desayuno.
Cortesía más cortesía del personal y de regreso a una cama que no es mía,pero casi será y otro viaje por twitter-facebook.
Por la noche unas copas. Con los amigos yuppies, de sus andanzas por Polanco, Santa Fe y las nuevas tecnologías telefónicas. Yo me ausento al tiempo que sonrío como si eso me importara. Pero mi tercer ojo me mira y no puedo evitar soltar una carcajada. ¿En qué momento llegué aqui? Llegamos aqui, los tres adolescentes de la escuela de monjas que querían ser distintos.
Duermo con el amigo Yuppie. El que soporta mis ronquidos, mis platicas de examores y las maletas que van y vienen. Lloramos un poco sin hablar y cada uno a su rincón.

Viernes de trabajo. Llego dos horas antes a mi destino porque estoy obsesionada con la puntualidad y las distancias y tráficos en "la capirucha" todavía me torturan. Me encuentro con Kidzania y los recuerdos de su hermana gemela me caen de golpe. Quiero entrar, volver a ser parte de. Pero recursos humanos está ocupado y me dejan a la espera cuarenta y cinco minutos. Ya no hay tiempo y tengo que comer para volver con mi maleta, la negra. A trabajar. Llego a la zona de comida rápida. Me encuentro a una vieja amiga. El mundo, de verdad, es pequeño. Puede ser que este encuentro me cambie la vida. Todos los encuentros cambian la vida en cierto punto. Este más. No sé. Pido un caldo tlalpeño que me zampo en 5 minutos, dejo el aguacate, que sigo enferma. Y a ahogarme en el mundo del consumismo. Cinco horas trabajando en Liverpool, hablando sobre el mejor café gourmet del mundo, de cómo nuestra tecnología es la mejor. Convenciendo a los clientes (que no son gente, son clientes) de cómo su vida no tiene sentido sin Nespresso en su cocina. De cómo tener Nespresso es necesario para respirar y para ser Gourmet. Rodeada de la chica Heineken, la Dolce, la Oster. Haciendo exactamente lo mismo. De cómo sin productos no somos nadie. Voy al baño y cruzo tres pasillos repletos de aparatos que yo no poseo y que no me hacen falta. Pero sé que si sigo aqui terminaré convencida de que no soy nadie sin ellos. La chica Dolce me cuenta de cómo su hijo no dice "quiero mis tenis" sino "quiero mis puma" a ella le parece maravilloso y yo hago un esfuerzo por no vomitar. Vuelvo a mi metro cuadrado de Pixies y Lattisimas a intentar entender porqué hemos tenido que echar a andar buses sólo para mujeres. ¿Tan patéticos somos ya?
Se pasan las horas hasta que viene por mi, el otro amigo Yuppie. Y recuerdo lo que es el confort de ir en coche y alguien que te ayude con la maleta... como las amigas con sus novios. Correr de un lado a otro, lavar la cafetera que no puedo llamar cafetera sino "máquina Nespresso". Llenar el inventario, ir por el pase de salida, formarme, que me cacheen, que me regañen por llevar mi maleta, la negra. Y salir a toda velocidad al coche del amigo. Que ya no es Yuppie, es Frepster, según nuevos términos.
Me cambio en el coche. Hay costumbres de actores que nunca se quitan. Creo que él se pone nervioso y a mi me gusta la idea de que un conductor mire a su lado y encuentre a una chica en sujetador. Llegamos a las luchas. Fui arrastrada ahí por los chantajes emocionales de la mejor amiga. Paso las primeras tres peleas sin entender lo que estoy viendo, ni lo que está pasando. De porqué los espectadores están tan emocionados con tal falacia. Con una mentira a simple vista y qué diría Paz sobre estas costumbres mexicanas. El porqué de las máscaras y los numeritos. El amigo frepster y la mejor amiga chantajista, me dicen que no analice, que disfrute, que esto no va así. En la cuarta pelea yo ya estoy de pie sobre mi butaca gritando "¡Máscara, máscara, máscara!" Escuchando un rap sobre Cristo y sin poder parar de reír. Llegamos a la fiesta, las charlas sobre las charolas de cocaína en televisa, el drogadicto de Zoe y la pijama que parece traje de baño de los cuarentas.
Sábado a hacer una lectura teatral. Llego a la casa del director. Es trasladarme a la residencia de Dalí y Buñuel, pero en limpio. A leer con el nuevo director y el nuevo actor. Entusiasmarse con un nuevo proyecto teatral. Cambiarme en el coche, mi deporte favorito y a Sears a hacer lo mismo que la tarde anterior. Pasa infinidad de parejas y a mi me parece algo tan lejano. La relación, la mano del otro. He amado y me han amado varias veces, ahora parece tan difícil. ¿Cómo pueden seguir? La despersonalización. La entrega. Buah casi me mareo de tanto mirarlos. La obsesión de las vendedoras con vender. Valga la redundancia, que cómo a mi no me importa porque no me llevo comisión. Salgo, con mi maleta, la negra. Hoy dormiremos en otra casa. La amiga de la madre patria pasa por mi al metro. Hablamos sobre su amor, ahora perdido, y automáticamente renace el ardor en mi. Me enciendo en contra de él y del último mío. Y mi no entendimiento hacia las acciones del otro. De cómo volvemos a confiar. Nos equivocamos una y otra vez de parada. Hablar de desamor distrae fácilmente. El frepster y la mejoramiga nos esperan en el coche. Borrachera casera, que gracias al alcohol cambia de colores. Dormimos, las tres, con el Frepster.

Domingo de trabajo y las mismas cavilaciones sobre el consumismo, el amor y el desamor. El frepster, que pretende ser mi marido, aunque yo haya dicho no volver a relacionarme en dos años, me recoge. Ellas se han vuelto a casa. Vamos por jamón serrano y queso. Como en mi Madrid con alguien más. Trasnochamos viendo Mi villano favorito, para no pensar.

Lunes de casting. A competir, a quién engaño, convivir con super modelos. Todo es marca, fashion, Hugo boss, CArtier, Nautica. Y no se cuántas más de las que no se, y tendré que aprender. Ellas con su 1.80 y sus cuerpos de ensueño. Yo con mi 1.50 y mis dos cojones. Twittearlo y facebukearlo para hacer reír a la banda. Y a mi misma. Empiezo confundida, termino muy simpatica. A comer a la fondita unas buenas flautas de pollo. Sigo con Joyce y ahora sí lo entiendo. Hablar de religión me es más fácil que de estética. Recoger mi maleta, la negra correr a la central. A esa del norte. Donde un día él me esperó una hora. Donde cada vez que paso lo escucho diciendome "no vengas acá, es muy lejos " y la necia de mi queriendo ir a recogerlo. Para llegar una hora después y que él no pudiera ni enfadarse porque mi intención era buena. Porque no nos veíamos en tanto tiempo y nos esperaba conocer Coyoacán juntos. Con el viejo amigo-hijo. Otravez subo esas escaleras y lo veo ahí esperando. Primera plus se hace cargo de mi equipaje. Y yo me encargo de comenzar Diablo Guardián. Conocer a esa Violeta con la que más de una vez me han comparado. Me encuentro con "Ser puta es calentarte con cada -a ver qué pasa-" y lo entiendo todo. Me gana el sueño y despertar, últimamente me produce un vacío en el estómago. Está la peli en la que Julia Roberts se vuelve flaca para enamorar al excuñado, el cual al salir de un años de recuperación mental dice amarla a ella. Todo es dudoso pero escojo quedarme con la sonrisa en los labios y la esperanza de un nuevo amor. Pero que se tarde.
Así regreso a mi lluviosa Dogville. A dar clase y todo lo demás.