sábado, 14 de diciembre de 2024

Ejercicio para recordar. 1 de...



Ya pasaron 10 días de tu partida. Te sigo llorando. Te sueño y pareciera que te escucho, aunque sé que todavía no eres tú el que habla. Sueño que me susurras que cuente esta historia. “Es una historia de amor a primera vista, Miguis, hay que contarla”, como si fueras un militante del amor desde el otro lado de las trincheras. Y sí, en este tiempo, donde todo están siendo regresiones, donde mi mente no deja de ir una y otra vez a los salones y pasillos de la SOGEM a buscar muertos, fantasmas, señales, a recordar que cadavez quedamos menos de los que estuvimos ahí, y pensar que esto es una especie de Destino Final y querer abrazarme a Antoniuz con todas mis fuerzas antes de que nos lleve a nosotres también. Y es que LEGOM, Luis Alberto, Raya y tú. ¿Será que habremos invocado, tal vez a través de alguna lectura prohibida, algún conjuro mortal?

Me pierdo en la muerte intentando hablar del amor. Vuelvo a mi primer día de clase, yo, con diecinueve añitos, casi recién salida de mi escuela de monjas, el corazón me latía a toda velocidad de pensar que empezaba mi nueva vida y que porfin iba a ser quien yo quería ser,   sentada frente a la ventana que daba a la plazita que hay en La casa del Faldón, te vi pasar. 

Una foto fija, bueno no, es como un Gif que desde ese día vuelve constantemente a mi cabeza. Llevabas un suéter beige, tejido, con cierre en el medio y cuello mao, jeans medio amarillosos y rotos, tennis diesel, porque en esa época eras un chico Diesel de pies a cabeza.  Vi cómo te acomodaste el morral de lado, para luego frotar la coronilla, alimentando la capa de nudos que se te hacían en el pelo. Nudos que años más tarde pasábamos deshaciendotelos con acondicionadores y aceites. Frotaste tus nudos y luego, como si un escalofrío te recorriera el cuerpo, sacudiste tus huesos, de pies a cabeza. Eso, ese gestito me enamoró. “Quiero un novio que se mueva así”, pensó esa niña de 19 años. 

  • ¿Cómo se enamoraron?

Nos preguntaban en Madrid mis amigas españolas.

  • Lo vi pasar y me enamoré de su expresión corporal.

  • ¡Qué flipada, la tía!

Nunca fue mentira.


Seguí en clase, ya sin poner mucha atención, porque mis hormonas de niñaexmonja estaban disparatadas. Al salir de clase, sentados frente a mi puerta, tú y Antoniuz. A Antoniuz lo conocía de unos cuantos años atrás, casi había estado en mi familia, y algunas noches nos habíamos encontrado para que me leyera sus poemas o los cuentos que le escribía a mi prima. 

  • Miguis, Horacio.

Dijo con toda la solemnidad con la que le gusta mover el brazo y extender la voz. Sin imaginarse todo lo que iba a explotar después de eso. 

Ustedes eran mi motor para ir a la escuela, porque muchas clases yo no entendía nada, sobretodo las de LEGOM, y Luis Alberto hacía siempre un gran esfuerzo para explicarme la poesía. 

No sé qué fue primero, si los libros que me empezaste a dejar en el pupitre o cuando se asomaban por la ventana para que me saliera y me fuera con ustedes al Italian o a Don Amado. De los libros, recuerdo sobretodo el primero, La máquina para follar, de Bukowsky. 

Entré al salón, después del receso, y el libro estaba ahí, mi yo asuncionista se paralizó al ver el título y luego la portada, le di vuelta inmediatamente, por la vergûenza que me dio ver que Don Jaime, mi compañero de 70 años, mirándome. 

  • Ay, esos muchachos. 

Alcanzó a decirme. 

Semanas más tarde ya era su complice, me invitaste a ser parte del Club Bukowsky, que básicamente fue la raíz de lo que más tarde serían Los Neónidas.  

Me iba de pinta con ustedes, pasábamos las tardes tomando café, bueno, a mi en esa época no me gustaba el café, y eso te desesperaba.  Entre cafés y mirindas, Antoniuz construía Ciudad Hermes, con servilletas y sobrecitos de azúcar, mientras tú alimentabas sus historias y fantasías. Por tiempos pasaban personajes a sentarnos con nosotres, Amaro, Osvaldus, Giuseppe, esos eran los más frecuentes. Yo, a veces, me cansaba, porque me perdía entre la realidad y la fantasía y ya no sabía qué parte de la charla era algo que yo aún no conocía por mi infinita ignorancia o sólo estaban elucubrando futuro, o dimensiones. Entonces me levantaba de la mesa

  • ¿A dónde vas? me preguntaba Antoniuz a punto de regañarme. 

  • A caminar, necesito aire. 

  • ¿Cómo te vas a ir ahora? Estamos haciendo literatura, decía ya enojado


En ese entonces, no sabíamos que yo soy Acuario y él Aries. 


  • Déjala que se vaya un rato.  Le decías. 


Y yo salía de esa mesa eterna, daba vueltas por la Plaza de Armas, le llamaba a alguna amiga, para que me hablara de algo superficial y terrenal. Iba a la tienda y volvía cargada de dulces para todos. 

Tú no podías comer tantos dulces, decías que el azúcar te ponía mal, no decíamos ansiedad, porque en esa época no se usaba la palabra, pero a veces comías de más y no podías dejar de golpear el cigarro con la mesa, de temblar las piernas y de apretarme de vez en cuando el brazo. De ahí nos íbamos a Don Amado, una cantina que  estaba por caerse, en la esquina de cinco de mayo. En esa época, Don Amado vivía, era ya viejo y lo fuimos viendo envejecer de año en año, hasta que sus micheladas pasaron de ser las mejores a un litro de salsa con tres gotas de cerveza. Poníamos la rocola  y entre Antoniuz y yo te molestábamos haciendote imaginar que el techo se iba a caer por la cantidad de arañas que vivían ahì. Fuiste el primer aracnofóbico que conocí. 


Fuimos amigues durante varios meses, yo estaba perdidamente enamorada de ti, desde el día uno, pero tú venías de una relación en la que te había costado volver a tu eje, y te daba miedo. Aunque al mismo tiempo, me dejabas libros, me escribías cuentos, caías a donde estuviera los fines de semana, aunque fueran puras fiestas fresas de las que odiabas ( o no tanto)

Cuando le confesé a Antoniuz mi encandilamiento me dijo

  • Me niego. Vamos a pasar de ser tres amigos a La pareja y el otro. 

Esas cosas, que él decía tan serio y a mi sólo me hacían soltar una carcajada, para que luego se enojara más. 

Rocket Miguis, me decías, y creabas cuentos en los que me salían alas y despegaba como cohete y volaba lejos, lo más lejos posible de Querétaro. Conjuros, hechizos que poco a poco iban sucediendo. Me enseñabas de música, de risas, de cómo torear a la gente que no me caía tan bien.  Me llamabas en el medio de la madrugada, cuando tenías miedo, o insomnio. 

La primera vez que nos besamos, fue en un antro. Después contestaste el Nextel que nos interrumpía, apretaste el botón y dijiste “Vazquez, ya tengo novia”. y así supe que ya eramos novies. 

Después vinieron las bacanales en casa de Giuseppe, los rituales con gallos, los rituales gitanos, las bromas a Geratho, las locuras de Fabio y los Payró. La tribu. Las noches de títeres, de disfraces, de salir a performear la ciudad con nuestros disfraces, nuestra música, nuestras risas. Porfin, me sentía en casa.


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