domingo, 9 de octubre de 2011

bitácora del viaje DEvitt

Recuerdo nuestro "primer y único viaje" aunque para mi estar contigo era un viaje continuo. Y ese, en tiempo real, fue el único, para ií, porque ya no quisiste más. Recuerdo, también mi vestido corto y ligero, mis maldiciones al clima, y mis chantajes constantes para que me abrazaras, para que mi ropa fueras tú, que ahí estabas, siempre dispuesto a tocarme y a ser para mi.
Del puerto recuerdo poco, las ganas tremendas de huir de no se quién o qué y por qué. Supongo que era de nosotros ahí, para vivir el allí o el aquí. Mis dudas sobre cómo un lugar nos podía condicionar tanto, si huir podría ser la solución. Tu helado de limón y mi sopa caliente. Tu cara al mirar las cifras del cajero. Números rojos. Tú no estabas acostumbrado. No sé si ya lo estarás. Yo nunca he salido del rojo, ni de los cajeros malolientes.
Envolví con mi pelo, entonces largo, tu cuello pensando que sólo las estrellas podían pincharnos con sus picos pero su lejanía nos sonreía. ¿Había un mar? No lo sé. Había tu brazo abrazando mi cintura y un momento en el que me alejé para desearle buenos pensamientos a una amiga lejana que seguro sonreiría si hubiera sabido que estaba contigo.

Me acuerdo de esas ganas de llorar tan quedito, de que mis lágrimas salieran de tu cuello y recorrieran tus brazos. Del blanco de tu espalda baja cuando le hacía cosquillas. Era el día en que no hubo preguntas, hubo el aceptarnos y es descubrirme en tu mirada. Un puerto que podría haber sido valle. El momento en el que decidí que yo sólo era para ti.
El momento en el que me quedé.

domingo, 18 de septiembre de 2011

eso dicen...

No tengo más que decir. Que tal vez tú seas el sujetador que no lavé para poder ponermelo cada vez que quería levantarme los senos.
Un día fuiste al cajero y cuando volví tus ojos no eran profundos, eran de apio y cebolla.
Ahora sales dejando las servilletas tiradas por los pasillos de los hoteles.
Estoy en casa, con ropa tendida por las sillas, las ventanas y el ventilador.
Rodeadas de visitas aromáticas con insomnio.

Tuve una experiencia con Ingrid Michaelson para que el domingo se aligerara. No me he depilado a falta de gana e intenciones desastrosas.
Cargaba con una fuente de duvalines. Mis rodillas ahora están en las montañas que un día subiré.
Sentía, soñaba que no me lastimabas. Fragancias rotas con naftalina.

La Bergman con sus frases de poeta desfasada. Once TV llevándome de la Roma a Coyoacán. Un poco de Facebook saturándome de información.

Sería cobarde quitarme la pijama y bailar con tus cinturones. Para no besar quesadillas de alquitrán. Un día ya no serás y yo seré.

Eso dicen..

miércoles, 14 de septiembre de 2011

pensando, continuamente, pen

Era el día en el que subía las escaleras,
pensando, continuamente pensando.
A veces las ideas se vuelven círculos de algodón que ya no puedo retener.
Pensando, continuamente pensando,
que al llegar al fregadero las llaves iban a deshacerse. Iban a buscar una azotea que no fuera la de Cuautemoc o Cuatelolco, como alguna extranjera la llamó, y se revelarían al batir de las lavanderías.
Subía las escaleras con la tinaja llena de ropa,
pensando, continuamente pensando, que en el 2011 ver subir a una mujer a los savaderos de un edificio es casi poético. Es como una flor en pleno concreto de Insurgentes, que no es Niños verdes ni Indios héroes.
Corrían los pensamientos al ritmo de una prosa jamás leída,
pensando, continuamente pensando, que el deber es una cosa que empiezaba a darme nauseas cuando veía los artículos de limpieza con vinagre.
La tinaja pesaba y yo sabía que ese jabón era para lavadoras y no para lavar a mano.
Ya no hay jabones para lavar a mano. Habría que ir a Zócalo o Socálo.
Pasé por el cubo de la basura y todavía estaba los restos de cartón de la caja de los platos.
Las mudanzas comienzaban a parecerme hermanas, compañeras de toda una vida. Las hermanas odiosas que te cuentan cuentos por las noches, cuentos que no son de los hermanos Grimm. Hubo uno que de tanto mudarse un día rompió en llanto. No lo entendí. En ese momento lo hubiera abrazado largamente.
La puerta de la azotea-lavadero cerrada, doble llave. ¿Alguien entrará cuando no estoy?
Mi ropa seguía enjaulada, separándose de la nada.
Seré la única que habite el edificio.
Unas veces yo le doblaba la ropa, cuando era Ella. Todas camisetas blancas. Tampoco lo entendí.

Mi ropa, la blanca, a lavar. Mi ropa, la negra, ya seca. Como cuando desperté y dormí.

Pensando, continuamente pensando, que por más que se lave, en Cuauhtemoc, Bravo Murillo o San Sebastián se sigue con un olor especial detrás del suavizante. No usaba suavizante.
Sigo sin usarlo.
Pensando, continuamente pensando, que debería comprar una lavadora. Cuando venda mis piernas.

martes, 30 de agosto de 2011

sabías que el absurdo era de nosotros

- ¿pensabas?
- imaginé que tu sonrisa era de otro.
- me di cuenta cuando bailé hacia la derecha y parpadeaste.
- se parecen demasiado.
- estás lastimada.
-todavía. mi piel despierta rosada por las mañanas. plateada cuando duermo.
- hubo un rumor a sal.
- sí... cuando te quería.
- ¿ahora?
-polvo entre las teclas de una computadora, vieja compañera.
-dejé que las plantas se marchitaran. todos los días les echaba agua.
- me ahogaste cuando la luz entró por la ventana.
-seguirás rodeada
-nunca dejaré de estarlo. soy como júpiter.
-el anillo se va haciendo grande
-mis órbitas más.
-volviste a soñar que te quería.
-eras tú y otro. era una malteada de fresa.
-voy a seguir aqui
-¿vas a seguir aquí?
-¿hasta cuándo?
-no sé. hasta que la cereza del café madure. uno cargado por favor.
-¿y la leche?
-todavía me duele.
-me fui hace mucho.
-ya lo se. se que me escucha la radio y el metrobús de la espada sin color.
-pensé que eras tú.
-pensé que pensabas que era yo. tú no eras.
-siempre lo supiste.
-hasta que me torciste los talones.
-dejaste de jugar por mi.
-volví a dormir. la casa es muy grande. la madera se ensucia fácil. tengo un futón para cualquiera.
-hoy era de lluvia.
-será de llegada.
-caminé buscándote y buscándote la encontré a ella.
-te buscabas a ti. yo me quedé en el laberinto de tus fantasías. nunca salí de ahí. hasta que me expulsó el gato de alicia. era tu televisor.
-sabías que me iba a ir.
-nunca supe que me arrancarías la piel. la papaya se enfría y hay ropa en la nevera.

lunes, 29 de agosto de 2011

jueves, 18 de agosto de 2011

Devitt otro por mi

Siempre pensé que tu música era demasiado ruidosa. A mi me gustan los sonidos de sonajas y las imágenes de pelotas gigantes de colores, mientras que tú siempre preferiste el negro y el azul metálico con un fondo nublado.
Mis noches, antes de ti, eran de borracheras y coqueteos. A veces el atasque de algún barbón, músico o cineasta, da igual. A los artistas les encantan las barbas. Y como yo luego me jacto de serlo me enredaba en tantos cabellos. Después veniste-volviste y aunque te conocí en el delirio (ahora es mi palabra favorita) con el tiempo pediste que dejara de beber cuando estuviera a tu lado. No sé porqué lo hice, quiza tenía que haber estado eternamente ebria. De todas formas siempre me sentí semi ebria semi hembra a tu lado.

Para mi tú eres el rock en español y las frases que casi nunca entendí. Las ropas de una fuente disfrazada de velorio. Nunca te ha quedado el negro. Aunque te empeñes en serlo. Quizá por eso buscaste mi arcoíris. Igual somos dos cáscaras de doble vista.

Esa vez, la vez de mi vestido de flores, no te terminé de creer. Siempre me costaron tus palabras. Siempre que eran ya usadas y que la palabra princesa aparecía en ellas. Quiza era porque me recordabas a unos cientos mil y a otras trescientas más. Pero la sonrisa en tus labios al ver mis rodillas eran más que suficiente para saber que mi estilo japonés te volvía loco.

Fue difícil quitarte la camisa, los pantalones no tanto. Eres de sos que se avergûenzan más de lo de arriba que de lo de abajo. A mi lo que me avergûenza son mis uñas y el espacio que hay entre mis dientes de arriba y de abajo.

Me acuerdo, también, de la chaparrita que me compraste. Como si fueran los noventas y mis hermanos estuvieran detrás.

¿Así que tienes ipod? Pensé que seguías en los cassettes...

la mañana pescado

Así se despierta. Con un libro de Usigli, conociendo héroes patrios que llevan siglos enterrados. Esperando que llegue su primo a decirle que el caldo de pollo esta seco y las medias de su madre están mal remendadas. Con un dolor en la espalda que la hace creer que lavar ropa no es sano. Como tampoco es sano seguir leyendo poesia en voz alta en el microbus.

Hay tres razones para que sea infeliz. Dos de ellas son él y la otra ella. Tendrá que ver telenovelas y ajustarse a la convesación de la vecina. Quizá con un café de olla y unas orejas quemadas.
Las sillas huelen a mojado y las sábanas a carbón. Todavía no se le pasa la gripa y sus ojos siguen llorando. Ya no se acuerda por qué. Algo que no era suyo.

Una barca con restos de pescado y espinas de mariposa. Un abrigo del anciano que murió cuando empezó a apestar. Dos besos de raíz de mandrágora y un apellido que sonaba a ambulancia.
Y así vuelve a poner los pies en la tierra. A calentar el agua para que se bañe el niño y el padre tome su remedio. Aunque no sean tiempos de guerra y ella no haya sido violada.

Asi sin seguir el pie, ni el paso, ni la brisa de la montaña que dejó de secarse cuando otra llegó.
Para que la noche sea después de la mañana y después del día. Cuando empiece a oler a jitomate y a vinagre. Hasta que vuelva a enterrarse las piedras en las uñas y los ojos en los pies.