lunes, 7 de julio de 2008

Abro los ojos cuando no estás tù. Cuando creo que desaparecí. En el justo instante en que mis pupilas se enloquecen y buscan el redondo en el espiral. Amaneceres colgados en el tendedero de la cocina. Como cuando mordía alguna nariz después de una conversación en el parque, luego besar.Un cerebro sin preguntas porque no existen respuestas satisfactorias. La necesidad invisible del más allá Atontada por los alaridos de las golondrinas. Las abro y dentro el himen perdido de una madre llorona con su hijo en brazos.
Las paredes quebradas y el no pensar. El uno mas uno son tres y los cuadros en paralelos de la existencia pulmonar de las lagartijas.
Rizado y nudos, pero ahì. Sin olvidar las sonrisas que siempre son la antesala de algo.

sábado, 14 de junio de 2008

not now

im empty. No words, no shines, no images in my head. if i stop to think i will die. But i know i will be back

viernes, 23 de mayo de 2008

el amor de la margarita y el espárrago ( h. al libro azul)


Yo te amo porque todo el universo conspiró para que yo llegara hasta ti.
Paulo Cohelo.
Amanecí, una mañana, con unas ganas inmensas de despertar a tu lado. De asaltar tu sueño sigilosamente a besos y succionarte. De recorrer tu tallo con mis pétalos, de mezclar tu aroma con el mío y ya no ser verde y blanco. Ser esmeralda.
Me perdí tratando de dejar de escucharte así tus palabras se mimeografiaron en mi espalda y en las plantas de mis pies. Mis hojas, como manos reaccionan sólo cuando estás cerca. A veces la tierra que sujeta mis raíces me pesa, por eso mis pétalos intentan volar hacía ti. Pero las raíces se endurecen y me duele el tronco, mi tallo que aunque más delicado que el tuyo parece más fuerte, aún parece, tal vez me equivoco. Soy blanca porque no nací violeta pero pude haber sido girasol antes de purificarme.
Nací espárrago por no haber sido avestruz. Mi madre siempre dijo que los espárragos estaban más cercanos a las jirafas de lo que todos se pensaban. Yo siempre lo dudé. Las ciruelas están cerca de las jirafas, las alcachofas de los hipopótamos, pero los espárragos siempre somos más del huerto y de los gusanos. Hasta que apareciste tú, vagabunda, dueña y señora del huerto donde no hay más como tú. Fue una pata de mariposa, que al caerse llegó hasta a ti, seguro queriendo dejar un trozo de su vida que ahora era muerte reposarse en el polen de tu cuerpo. Entonces el pétalo más pequeño de tus protectores me guiñó. Fue un saludo casi tan coqueto como la luz que se posaba en tu perfil. Pequeña y sola, sobresalías por tu sencillez y la fragilidad de tus encantos.
Soñé que te caías en mi, ¿o era conmigo? No tenías pies, como ninguno de los nuestros, pero te dolían y a mi me dolía tu dolor sin que fuera mío, o quizá ya era mío, aunque tú no eras mía.
Me pides que tenga cuidado cuando te miro. Que quizá las coles no pueden pillar y los apios nos asesinen mientras durmamos. No puedo dejar de mirarte, porque aquella mañana que lo hice sentí que mis extremidades se secaban si mi permiso y me dolía lo que sea que llevamos dentro. Ya sé que no sabes llegar hasta mi, ya sé que los metros entre tú y yo son montañas para los de tu clase. Para las de la mía también, pero ya es sabido que nosotras siempre permanecemos esperándo a que nos roben. Yo no quise nacer aqui. Me confundí de camino siendo una semilla y el viento me trajo aqui una madrugada, como estaba cansada reposé. Y mira ahora. No me iré hasta que marchite, que falta poco, más tiempo mientras estés tú y el rosal que te acaricia cuando no te das cuenta. No duermo por las noches, suelo quedarme mirando cómo te pierdes en tus sueños, que casi siempre son conmigo y lo sé, aunque las estrellas, envidiosas, digan que sueñas con ellas. Yo sé que es conmigo, lo sé por como te dobla el viento nocturno hacia mi y yo casi te alcanzo. Casi te alcanzo mientras duermes. Suena triste. Pero tú eres todo menos triste. Y yo soy todo menos no-tuya. Aqui no hay ninguna de las mías, casi todos son de los tuyos y de las tuyas. Dicen las lechugas que alguna vez hubo otras como yo pero que casi siempre se las robaban los niños. Ahora no hay niños, por eso sigo aqui y tú no has sido llevado por el viejo porque aunque nadie diga nada hay un cordón que nos une.
Sé que apareciste porque yo iba a morir, y alguien, tu dices que el viento y tus equivocaciones, te tiró en la misma cuadra que a mi. Dices que estas sola pero eres la que más sonrisas recibes por la mañana, eres la favorita del sol y la mía. Y sigo vivo porque estás aqui porque sin tí habría muerto y nadie, más que mi madre, lo hubiera notado. No digas que no, mentirosa. Seguiré vivo hasta que te marchites y si no te marchitas es por ese cordón rosa que dices nos une.

sábado, 17 de mayo de 2008

...

Se cruzan los días de locura. De desahogo necesario. Las arterias se saturan de emociónes. Mi ser es un conjunto de mecanismos de defensa que se pierden con mis deseos y confundo los unos con los otros. La irrealidad. Estas ganas de convertirme en locura embriagada de néctar. Porque la desilución es constante. Las mentiras te acechan detrás de cada semáforo. El miedo a que todos los ojos se transformen en los tuyos y los tuyos dejen de ser los de nadie. Soy menos incoherente de lo que se piensa o más coherente de lo que se esperaba. Una búsqueda constante para encontrar desechos de seres humanos. manos cortadas por la infelicidad. La desesperación del humano por llegar a ser, por no ser, por tener que morir y seguir vivo día tras día. SE cae en la locura por no saber en qué caerse y los más locos son los más cuerdos, los más cuerdos son los más locos. Por eso el absurdo y la cadencia de efemérides en los labios del lacerado. Las lágrimas en la madre negra gorda con siete hijos y un gato con sarna. Todos sospechan y conspiran estrategias, porque somos tan lamentables que nos hemos acostumbrado a regirnos a través de estrategias, de dinámicas baratas, de consejos escolares, de escuelas que nunca han entendido nada del hombre y de su devaluación hasta el estado de un viejo arañado, arrugado y con necesidad de que le limpien los meados. Humillado. La gente llora en el teléfono porque se pelea con sus parejas, porque no entiende a sus padres, porque el maestro los ha suspendido, porque su familia se ha vuelto loca. La única razón para llorar es el estado tan desesperante que es vivir en un espacio desconocido. Con el vérgigo de caer a cada instante, de perdernos en lo que decimos conocer pero que no tenemos ni idea de qué es. Caigo, me tropiezo, me golpeo. Los cristales se estrellan en mi corazón. Porque todavía tengo uno. Detrás del perro vagabundo asesinado. Los desconciertos del más allá y la tortura de no volver a ver al ser querido. Esta inservible conciencia de que las historias se acaban y no sirven de nada... De que no podemos ser constantes y nuestro cariño es relativo. Como son relativas las estaciones del año.Cada año hace más frío y más calor cada que lo esperámos. En invierno queremos que sea verano y en verano que sea invierno. Porque somos infelices. Porque no somos concientes de que no hay conciencia alguna que sirva. No hay porqués y los discernimientos son estúpidos entre nosotros, que de nada sirve respetar lo que tú pienses o lo que yo piense porque eso al final no tiene importancia para nadie. Ni para las miradas de azúcar de un niño cuando vienen los reyes magos. Inventamos nuestra historia, inventamos la historia, que no hay historias, que ayer no existe, el ayer se acabó cuando despertaste hoy. Todo se esfuma y hay que acostumbrarse, dolorosamente, a perder. Con la mente ocupada en el presente para no pensar en el pasado ni en el futuro. Para no pensar en los que sufren más ( que es una putada) en los que han sido arrastrados por nosotros mismos, en los que lloran y se ríen por no tener nada más que hacer, en los que se mueren de hambre, de frío, de traición, de un balazo en la espalda o del simple dolor de ver a todo su país despedazándose unos con otros, muertos. Hasta llegar a un no-sentir, para después querer sentir de golpe. Subirte a un escenario o ser el centro de una conversación para intentar hacer que renazcan los sentidos y los sentimientos. Un sin-sentido.

lunes, 12 de mayo de 2008

el chamaco que jugó con la cal(h.a.l azul)





El mundo me parecía, entonces, como la creación de un dios adolorido y torturado.

Nietzsche.


Esta mañana he acompañado a mi mamá al trabajo. Me encanta acompañarla los días que va a la Delegación. Todos me saludan como "la hija de la licenciada" me traen pulparindos, chaparritas, carlos V. Y a mi me encanta que me consientan tanto. La secretaria nos trae gorditas, y el señor de enfrente del escritorio de mi mamá, no me acuerdo cómo se llama, uno que lleva un sombrero, bigote y su chamarra de piel café siempre llega con tamales. A mi me da el de dulce, yo odio los tamales de dulce, pero mi mamá no me deja decirle y me lo tengo que comer, porque mi abuela dice que es pecado desperdiciar y mi padre que es de mala educación rechazar lo que te dan los demás. Así que cuando veo que viene ese señor, me voy a donde la secretaria y me escondo abajo de la mesa.
Hoy no me la pasé tan bien. Normalmente mi mamá me deja con la secretaria casi todo el tiempo. Pero Anita no fue hoy, así que tuve que estar con mi mamá en su oficina toda la mañana. Primero llegó una señora llorando. Su ropa estaba muy sucia y olía a elotes podridos. Apenas abrió la puerta se puso llore y llore, y se tapaba la cara con las manos, me fijé que sus dedos estaban llenos de cortadas y no tenía las manos suaves como las de mi mamá, ni blancas, tenía las uñas llenas de mugre. Mi mamá se acercó hasta la puerta y la sentó. Se le salían los mocos, nunca había visto a alguien llorar así. Mi mamá muy tranquila , como si ya estuviera acostumbrada,se sentó a su lado, le acarició la espalda y le dijo:
- A ver, Conchita, tranquilizate. Cuéntamé que pasó.
La mujer no volteó a ver a mi mamá. Se limitó a gemir, o a decir cosas entre gemidos, yo no la entendía.
- Conchita, no te entiendo nada. Aqui mi hija te va a traer un té y a ver si así te relajas un poquito.
No necesité que mi mamá me dijera nada porque cuando volteó a verme yo ya estaba en la puerta. Justo cuando iba a abrir, la señora se levantó de la silla y fue corriendo hacia a mi gritando:
- ¡No, no! por favor que no lo vea.
Yo me asusté muchisimo y me quedé quietecita mirándola. Me entraron ganas de llorar, pero mi mamá me tomó de la mano y hizo esa cara que hace cuando no pasa nada. Entonces se me fue el susto, pero me entro la curiosidad y quería abrir la puerta más que antes. En eso que la señora como que respira y dice:
- Ay Licenciada, es mi chamaco, que si su niña lo ve me da vergüenza, ella tan chiquita, tan finita, se vaya a enfermar del susto y no vaya a ser que por mi culpa.
-Bueno Conchita, no te preocupes, mi niña no va a salir hasta que tú me expliques qué pasó. Ella ya está grandecita, así que tu tranquila, cuentáme y no te preocupes por mi niña que más tienes tú por que preocuparte.
Ella intentó sonreír, pero luego luego fue como si viera un fantasma o uno de esos pajarracos negros, como que se acordó que no podía sonreír.
-Pos mire Licenciada, ¿usté se acuerda de mi Juan?
Mi mamá dijo que sí con la cabeza, pero yo sabía que no se acordaba.
-Pos resulta quel Juan taba hoy trabajando conl chamaquito, pos eso lo hace siempre.
En eso se volvió a soltar llorando, ahora más fuerte que antes. Se tiró al suelo y se agarró las rodillas. Ahí sí vi que mi mamá se asustó y dejó de estar tranquila. Se hincó junto a la señora y la abrazó muy fuerte.
-No licenciada, por favor, no me abrace usté que la voy a llenar di la mala olor, que traigo a la muerte conmigo. Usté dice y dice que no, pero va a ser que sí. Que me echaron el mal di ojo y no hay quien me lo quite. Que a mi los gatos negros me persiguen y el Juan dice y dice que no que son visiones mias pero ya ve usté, primero mi amá, luego mi apá, mis tres hermanos, mi hijo el Ruben y ahora.
Mi mamá la siguió abrazando y a mi me entraron ganas de llorar y abrazarla también porque yo nunca había oído que a alguien se le muriera tanta gente. Sólo a Chispita cuando se le mueren sus papás. Pero eso es en la televisión.
-No digas tonterías mujer, ¿Cómo vas a traer tú la muerte?¿Qué fue lo que pasó Conchita?
- Ya verá, ya verá, si lo decía mi tia Carmela, que a mi no hay mas que verme pa que vengan los zopilotes a comer. Pos que el Juan andaba trabajando conl chamaco y pos como él ya taba acostumbrao a andar con la cal no le dijo na' al niño, pa que entienda usté, que no le dijo que con eso no se juega y que en eso el Juan se distrae y que va el chamaco con las manitas llenas de cal se talla los ojos.
Mi mamá suspiró, como si se aliviara. Y le dijo.
- Hombre Conchita pero si ya me habías asustado. Que no pasa nada. Ahora llamamos a mi hermano el médico y verás como te lo cura.
-No licencia, que no es eso. Que pos los ojos de mi chamaco empezaron a burbujear asi como cuando la agua esta recaliente. Tons yo salgo y que le pego al Juan y le digo que si será tonto que cómo no cuida al chamaco, yel chamaco llore y llore, ¡mi arde, mi arde! gritaba el pobrecito.y que le empieza a salir una agua amarilla de los ojos. y yo pegándole al Juan, pero que lihiciste al niño, y corre y corre de un lao a otro sin saber pa onde marchar. Tons jue la Romi a buscar al dotor y que no estaba y la agua esa amarilla del niño se hizo como una masa, y el niño llore y llore, que no veo, que no veo. Y yo ¡que me dejaste ciego al niño, borrachote! y el Juan no taba borracho pero pos la costumbre licencia. Tons que se me asusta el Juan y que va y coje el cuchillo, y pos yo me asusté retearto y le dije " Como me vuelvas a pegar, cabrón, te mato" y que en eso me miró como nunca mi había mirao.
De nuevo la señora se puso a llorar y no le entendíamos y yo cada vez con más ganas de salir y de ver al niño ese con la masa amarilla en los ojos.
En eso vuelve a hablar la señora y, como si le hubieran cambiado la voz dice:
-Y que se lo clava licenciada, se clavó el cuchillo en el cuello, ahí en mi meritita cara. Se me mató, Licenciada, se me mató por mi culpa, por que le dije que era borrachote y él no tenía la culpa.
A mi me empezó a dar mucho calor y no pude resistir las ganas, me fui corriendo a la puerta. Abrí, había mucha gente esperándo, todos olían a elotes podridos, busqué al niño, al chamaquito,. Lo encontré en una esquina, lo reconocí porque estaba sentado solito tapándose la cara, estaba llorando. Parecía como de cinco años. Me acerqué a él y me temblaba la panza. Oí que mi mamá me gritaba, entonces le toqué el hombro. Alzó la cabeza y ví la cosa más fea que he visto. Más fea que la película de Eso. Vi como de sus ojos chiquititos le salian dos pelotas, una era como una naranja pero sin forma y la otra era una gelatina incrustada y no se le veían las pupilas. Me dolió mucho la panza y lo abracé. No sé porqué, si mi abuela dice que uno no debe de tocar a cualquier persona y que siempre que lleguemos de misa hay que lavarnos las manos porque no sabemos qué habrán cogido las personas a las que les damos la paz. A mi me entraron muchas ganas de abrazarlo y lo abracé. Y cuando me volví a separar, empecé a ver todo borroso y brillante y me caí.
Ahora estoy en mi casa. Dice Licha mi muchacha, que me desmayé. Yo nunca me había desmayado. Lleva toda la tarde consintiéndome. Le hablé a mi mamá para que se viniera a la casa pero me dijo que todavía tenía mucha gente que atender. Me preguntó que si quería que me traiga algo y me dio permiso de ver la tele en su cuarto. No sé cómo se llame ese niño, y algo me dice que no me van a dejar volver a la oficina de mi mamá, pero a mi nunca se me va a olvidar, ni su mamá, ni él, ni porqué yo estoy aqui a punto de meterme a la piscina y él estaba trabajando con su papá.

sábado, 10 de mayo de 2008

si duermes (h. al libro azul)



La piel desnuda.
Ésa es la única cosa por la que vale la pena vivir.
Paul Auster.
El chico sube al autobús con los cascos y Air en la cabeza. Hay mucha gente y él odia ir hasta adelante. Por alguna razón extraña la gente se amontona del centro del autobús para adelante, cuando que la cola está casi siempre vacía. Así que Andrés va hacia el fondo. Está despreocupado, concentrado en la música, hasta que mira el asiento de su lado. Es ella. Tres mil lombrices le agujeran el estómago y no sabe a dónde voltear. No es posible que en el mismo autobús, en una ciudad tan grande, con tantos autobuses, con metros, con la cantidad enorme de horarios de los miles de habitantes. Él y ella van en el mismo autobús a menos de un metro de distancia. Ella va dormida. No lo ve. Él intenta salirse, irse hasta adelante pero el bus está lleno y es imposible moverse de su lugar. Air sigue de fondo en su cabeza pero ya no lo escucha. Sólo escucha sus dudas. ¿Y si se despierta? ¿me volteo? ¿la saludo? ¿le hablo?
Hace ya un buen tiempo que no la veía. Le desconcierta que esté dormida. Ella, tan viva, tan risueña, que siempre iba en los autobuses analizando a la gente como si puedese extraer algo de cada pasajero, ahora, recarga su cuerpo en la ventana, está pálida, se le ve cansada y sus suspiros son pequeños rayos de tristeza que Andrés llega a percibir. Lleva la mochila sobre las rodillas y su dedo entre las páginas del libro delata que la lectura la durmió. Don Quijote. Las lombrices de Andrés se han ido acomodando en su cuerpo y sonríe. A buena hora se decidió a leer a Cervantes.
Lucerna venía leyendo en el autobús. Tenía el libro abandonado desde hacía más de dos años. Había intentado leerlo casi tres veces, ninguna se sintió atrapada, Lucerna no lee un libro si no se siente atrapada por la primer página. Ahora va en el circular, el trayecto va a durar más de una hora, con la lluvia y el tráfico. Don Quijote puede ser buen compañero. Ha llegado al maravilloso nombre de Dulcinea. Al leerlo siente dos punzadas en el corazón y una en el estómago. Separa la página con el dedo y mira hacia la ventana. Era en la cama de Andrés dónde fue la última vez que discutió su desgana para leer a Cervantes, donde confesó quererse cambiar el nombre a Dulcinea. Lucerna se ha quedado dormida pensando en Andrés, en su cama, y en las flores que se asomaban en ése balcón.
Andrés ha dejado de sentirse incómodo. El sueño de Lucerna parece ser profundo y ha dejado de tener miedo al despertar. La mujer de al lado se levanta y Andrés se sienta justo de frente a Lucerna. Ahora, después de tanto tiempo queriendo matarla, no puede más que sentir una enorme ternura al verla tan cansada, dormida en una ventana. Las veces que la ha visto dormida. Casi todas desnuda, ahora le está quitando la ropa y la lleva a su habitación. Andrés la ha besado, le quita la ropa con suavidad tan extrema que podría ser una muñeca de porcelana. Lucerna se sonroja y se gira de espaldas. Como si le diera vergüenza. Andrés le besa el cuello, acaricia sus cabellos y le recorre el cuerpo como si la estuviera esculpiendo. Ella se acuesta en la cama, dejándose hacer. Andrés le recorre la espalda a besos, hasta llegar a sus pies. Y cuando ella suelta el suspiro final. Andrés, sonriendo, se recuesta boca arriba a su lado. Lucerna se levanta y comienza su turno. Lo besa ella a él. Empieza por succionarle los dedos de los pies, sube por las piernas, hasta la entre pierna. Se pierde en el olor de las entrepiernas de él. Andrés se retuerce. Lo besa, lo succiona, lo acaricia, primero suave, suave, suave, un poco más, más, más. Andrés la mira y reconoce a la amazona en su cadera gobernandolo. Le encanta. Lucerna sigue, haciendo cosas con las manos, con las piernas, con los dedos, con la boca, con el pelo, con la lengua. ¿Cómo puede utilizar todo a la vez?Hasta que Andrés pone los ojos en blanco y explota.
Entonces Lucerna-amazona vuelve a Lucerna-suavidad, se recoje el cabello con la mano derecha, se lo acomoda sobre el hombro, parece que va a coquetear, pero, una vez más mira por la ventana. Se asoman las flores traviesas del balcón de Andrés y el reflejo de una luna envidiosa.
Andrés le besa el hombro pero Lucerna ya se ha perdido entre los techos de los edificios y su mirada está ya muy lejos de la cama y su cuerpo ha dejado marchar a Lucerna-amazona, para convertirse en Lucerna-de-cera. Andrés vuelve a sentir cómo se le encoje el corazón y de nuevo vuelve al autobús a velar el sueño de Lucerna, cansada y sola.
El sueño de Lucerna está invadido de Andrés, huele a Andrés, sabe a Andrés. Andrés en la playa, bajo las olas. Haciendole travesuras en el escote y detras de las rodillas. Andrés con licores frutales y aceites agridulces. Lucerna como Dulcinea desnuda bajo un molino que está entre tornados de arena. Andrés tormenta amarrándose a sus axilas. Aves moradas y flores gigante que le acarician las mejillas.
Andrés no quiere despertarla, su parada se acerca. Hubiese sido bueno saludarla pero se ve cansada y sería estúpido despertarla para decir "Hola" y marcharse. Coge sus cosas se levanta. Los converses de Lucerna se mueven y él piensa que es el comienzo de su despertar. Pero se equivoca. Sólo se acomoda. No resiste las ganas y le besa la frente.
Lucerna abre los ojos y se encuentra con un jamaiquino sonriente frente a ella. No lo conoce y vuelve a girarse a la ventana. Piensa que el beso estaba en el sueño y regresa a buscarlo.

domingo, 4 de mayo de 2008

(h. al libro azul)


No sabemos lo larga que es nuestra historia
pero sentimos su peso.
Jorge Franco Ramos.
Mi reflejo en el metro. Con los audífonos más grandes que mis ideas, o algo así. Mi cara es cuadrada. En días como hoy, gris plata. Se me marcan las arrugas y los huecos de las sienes. Hay grasa en mi cabello. Reconozco, de nuevo, mi rostro llorando. Otra vez en el metro. Creo que es el lugar de la tierra que más lágrimas mias tiene guardadas. Hoy pensé que el metro es mi mejor amigo. Que es con el que más tiempo he pasado en estos últimos años. Es el que me ha tenido llorando entre sus brazos, para después escupirme a la calle y al invierno de la convivencia. El que me recibe por las mañanas, templado para acogerme mientras leo. El que me regresa a casa cuando la borrachera no me permite andar. El que ha sido una cama más de una vez después de un día de exesivo trabajo. Mi cara en la ventana del metro, me recuesto en el asiento. No me da vergüenza llorar en el metro, llorar con el metro. Desquisiarme con el metro. Ya sé que seguro muchos me ven, yo sólo me concentro en mi mirada, en la distancia que hay entre una lágrima y otra, en el movimiento que hago cada vez que cae una. Aprieto los labios, y luego los relajo. Descubro que al llorar tengo contracciones labiales. Descubro que me duelen los pies, me escuesen los dedos. Y que hay momentos en los q se me olvida porqué me subí al bagón tan triste o con tanta emoción desbordada en forma de lágrimas. Creo que necesito una michelada y me salgo a medio trayecto pero al ir andando hacía el bar, me entra pereza y regreso al metro. Hay que esperar siete minutos así que decido andar a la siguiente estación para despejarme un poco. Saco el móvil, busco algún candidato para consolarme, pero no me decido por nadie, autosuficiencia, y decido regresar a casa para sufrir sola, que luego no lo consigo. Lloro, otra vez este trayecto interminable de metro. Salgo de nuevo en mi calle. Es sentir el aire y borrarseme las lágrimas. Adam Green. Entro a casa cansada. Llamo, mi hermano está lejos y me contesta la voz de una extranjera desconocida. Me asusto y cuelgo. Se me acabaron las ganas de llorar. Es el cansancio. La inutilidad de las lágrimas. Mi falta de fuerza.