Era el día en el que subía las escaleras,
pensando, continuamente pensando.
A veces las ideas se vuelven círculos de algodón que ya no puedo retener.
Pensando, continuamente pensando,
que al llegar al fregadero las llaves iban a deshacerse. Iban a buscar una azotea que no fuera la de Cuautemoc o Cuatelolco, como alguna extranjera la llamó, y se revelarían al batir de las lavanderías.
Subía las escaleras con la tinaja llena de ropa,
pensando, continuamente pensando, que en el 2011 ver subir a una mujer a los savaderos de un edificio es casi poético. Es como una flor en pleno concreto de Insurgentes, que no es Niños verdes ni Indios héroes.
Corrían los pensamientos al ritmo de una prosa jamás leída,
pensando, continuamente pensando, que el deber es una cosa que empiezaba a darme nauseas cuando veía los artículos de limpieza con vinagre.
La tinaja pesaba y yo sabía que ese jabón era para lavadoras y no para lavar a mano.
Ya no hay jabones para lavar a mano. Habría que ir a Zócalo o Socálo.
Pasé por el cubo de la basura y todavía estaba los restos de cartón de la caja de los platos.
Las mudanzas comienzaban a parecerme hermanas, compañeras de toda una vida. Las hermanas odiosas que te cuentan cuentos por las noches, cuentos que no son de los hermanos Grimm. Hubo uno que de tanto mudarse un día rompió en llanto. No lo entendí. En ese momento lo hubiera abrazado largamente.
La puerta de la azotea-lavadero cerrada, doble llave. ¿Alguien entrará cuando no estoy?
Mi ropa seguía enjaulada, separándose de la nada.
Seré la única que habite el edificio.
Unas veces yo le doblaba la ropa, cuando era Ella. Todas camisetas blancas. Tampoco lo entendí.
Mi ropa, la blanca, a lavar. Mi ropa, la negra, ya seca. Como cuando desperté y dormí.
Pensando, continuamente pensando, que por más que se lave, en Cuauhtemoc, Bravo Murillo o San Sebastián se sigue con un olor especial detrás del suavizante. No usaba suavizante.
Sigo sin usarlo.
Pensando, continuamente pensando, que debería comprar una lavadora. Cuando venda mis piernas.
Hada asesina, no pretende hacer literatura ni arte. Demasiado lejana de aquello. Únicamente divagaciones momentáneas, a veces con significado, otras tributando al absurdo. Y pues lograr un momento de risas para aquellos que la conocen y saben un poco el funcionamiento de su raciocinio.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
martes, 30 de agosto de 2011
sabías que el absurdo era de nosotros
- ¿pensabas?
- imaginé que tu sonrisa era de otro.
- me di cuenta cuando bailé hacia la derecha y parpadeaste.
- se parecen demasiado.
- estás lastimada.
-todavía. mi piel despierta rosada por las mañanas. plateada cuando duermo.
- hubo un rumor a sal.
- sí... cuando te quería.
- ¿ahora?
-polvo entre las teclas de una computadora, vieja compañera.
-dejé que las plantas se marchitaran. todos los días les echaba agua.
- me ahogaste cuando la luz entró por la ventana.
-seguirás rodeada
-nunca dejaré de estarlo. soy como júpiter.
-el anillo se va haciendo grande
-mis órbitas más.
-volviste a soñar que te quería.
-eras tú y otro. era una malteada de fresa.
-voy a seguir aqui
-¿vas a seguir aquí?
-¿hasta cuándo?
-no sé. hasta que la cereza del café madure. uno cargado por favor.
-¿y la leche?
-todavía me duele.
-me fui hace mucho.
-ya lo se. se que me escucha la radio y el metrobús de la espada sin color.
-pensé que eras tú.
-pensé que pensabas que era yo. tú no eras.
-siempre lo supiste.
-hasta que me torciste los talones.
-dejaste de jugar por mi.
-volví a dormir. la casa es muy grande. la madera se ensucia fácil. tengo un futón para cualquiera.
-hoy era de lluvia.
-será de llegada.
-caminé buscándote y buscándote la encontré a ella.
-te buscabas a ti. yo me quedé en el laberinto de tus fantasías. nunca salí de ahí. hasta que me expulsó el gato de alicia. era tu televisor.
-sabías que me iba a ir.
-nunca supe que me arrancarías la piel. la papaya se enfría y hay ropa en la nevera.
jueves, 18 de agosto de 2011
Devitt otro por mi
Siempre pensé que tu música era demasiado ruidosa. A mi me gustan los sonidos de sonajas y las imágenes de pelotas gigantes de colores, mientras que tú siempre preferiste el negro y el azul metálico con un fondo nublado.
Mis noches, antes de ti, eran de borracheras y coqueteos. A veces el atasque de algún barbón, músico o cineasta, da igual. A los artistas les encantan las barbas. Y como yo luego me jacto de serlo me enredaba en tantos cabellos. Después veniste-volviste y aunque te conocí en el delirio (ahora es mi palabra favorita) con el tiempo pediste que dejara de beber cuando estuviera a tu lado. No sé porqué lo hice, quiza tenía que haber estado eternamente ebria. De todas formas siempre me sentí semi ebria semi hembra a tu lado.
Para mi tú eres el rock en español y las frases que casi nunca entendí. Las ropas de una fuente disfrazada de velorio. Nunca te ha quedado el negro. Aunque te empeñes en serlo. Quizá por eso buscaste mi arcoíris. Igual somos dos cáscaras de doble vista.
Esa vez, la vez de mi vestido de flores, no te terminé de creer. Siempre me costaron tus palabras. Siempre que eran ya usadas y que la palabra princesa aparecía en ellas. Quiza era porque me recordabas a unos cientos mil y a otras trescientas más. Pero la sonrisa en tus labios al ver mis rodillas eran más que suficiente para saber que mi estilo japonés te volvía loco.
Fue difícil quitarte la camisa, los pantalones no tanto. Eres de sos que se avergûenzan más de lo de arriba que de lo de abajo. A mi lo que me avergûenza son mis uñas y el espacio que hay entre mis dientes de arriba y de abajo.
Me acuerdo, también, de la chaparrita que me compraste. Como si fueran los noventas y mis hermanos estuvieran detrás.
¿Así que tienes ipod? Pensé que seguías en los cassettes...
la mañana pescado
Así se despierta. Con un libro de Usigli, conociendo héroes patrios que llevan siglos enterrados. Esperando que llegue su primo a decirle que el caldo de pollo esta seco y las medias de su madre están mal remendadas. Con un dolor en la espalda que la hace creer que lavar ropa no es sano. Como tampoco es sano seguir leyendo poesia en voz alta en el microbus.
Hay tres razones para que sea infeliz. Dos de ellas son él y la otra ella. Tendrá que ver telenovelas y ajustarse a la convesación de la vecina. Quizá con un café de olla y unas orejas quemadas.
Las sillas huelen a mojado y las sábanas a carbón. Todavía no se le pasa la gripa y sus ojos siguen llorando. Ya no se acuerda por qué. Algo que no era suyo.
Una barca con restos de pescado y espinas de mariposa. Un abrigo del anciano que murió cuando empezó a apestar. Dos besos de raíz de mandrágora y un apellido que sonaba a ambulancia.
Y así vuelve a poner los pies en la tierra. A calentar el agua para que se bañe el niño y el padre tome su remedio. Aunque no sean tiempos de guerra y ella no haya sido violada.
Asi sin seguir el pie, ni el paso, ni la brisa de la montaña que dejó de secarse cuando otra llegó.
Para que la noche sea después de la mañana y después del día. Cuando empiece a oler a jitomate y a vinagre. Hasta que vuelva a enterrarse las piedras en las uñas y los ojos en los pies.
miércoles, 27 de julio de 2011
La casa del lago
Un día más en todo menos en donde debería estar. Intentando buscar algo nuevo y sin poder pararme a hacerlo. Volver, volver, volver. Casi como la canción.
Pesaban las llaves en mi bolso. Después de tanto tiempo, ahora, esperándome. Me regalaron un llavero de la torre eiffel y lo primero que hice fue amarrar esas cuatro posibilidades. Así era el pasado y el futuro.
Desde que supe que el viejo continente no estará tan lejos en un futuro no dejo de pensar en que volveré, volví para irme y cuando me vaya no regresaré. Otra vez las uves sin parar.
Me ahogaba de una masa inexistente que entró en mi cabeza para Volver cualquier pensamiento en neblina, de esas que están pero no las ves. Sin saber qué era. El reencuentro de ese amor, ese que casi me volvió escarabajo patas arriba. Ese amor que me dejó llorando los viernes y difuminadas mis orientaciones sexuales. Pero no era eso, no podía ser eso. El reencuentro fue el mejor fin de ciclo. Un reencuentro de los grandes, de los que suenan mariachis en el aeropuerto mientras una boca lanza un beso y una mano hace señas de "viva el rock" De esos reencuentros despedidas que a mi me gustan, con los que sueño. Eso me hizo dormir pero no angustiarme. Después, cada mañana más angustia, una de esas que ni la mota del amigo matero de Coyoacán estaba ayudando. Pero la angustia se disolvía en huevos en cazuela de la abuela o tardes de la niñita de un año y medio, quizá con los mariscos del que escribía, una vez. Un poco con la visita de la rubia de París. Hasta que llegaba la mañana. Cogía el bolso y otra vez el peso. El no ruido que sí sonaba.
Hasta el café por la noche. Hasta que la actriz-psicóloga del cabello recién trazado descubrió su peso en mi bolso. Tras un largo te chai endulzado con lágrimas decidí dormir para sacarlas.
Me encontré por la mañana en espera de la 66 como tantas veces cuando era lavaplatos y estudiaba creación.
Mi trayecto- lectura con Amy Tan fue tranquilo. Embriagada en una China olvidada y olvidadiza. Al bajarme en mi parada lo primero fue una risa nerviosa, de esas que suenan a agua atorada entre la sien y la nariz. Pensé en uno y en las ganas que dijo que tenía de acompañarme a Volver. Entré a la privada buscando la marca de gansito que incrusté a los siete con el mejor vecino que una niña de siete pueda pedir. Sabía que era después de la coladera que nos aterraba cuando pasábamos en la bici a toda velocidad. No la encontré.
La fachada, sí, seca. Semi derrumbada. las plantas que siguen vivas invadieron los escalones y las que no el suelo entero. Entré por la puerta de servicio. Y con no más que una gran sonrisa vi que la nevera sigue siendo la más grande que tendré. Giré y la cocina, mi cocina, la cocina en la que canté Gloria Trevi desde los cinco. En la que encerramos a los ratones, y al gato y al tlacoache cubierta de polvo, pero estaba ahi. Hermosa y enorme. El comedor uno, luego el dos, las sillas en las que nos sentabamos los ocho, luego los diez y así hasta que fuimos diesiocho estában roídas. La habitación de los papás, la que cerraban con seguro los domingos a las siete ahora está en negros y llena de unos muebles que nunca estuvieron ahí.
Subí las escaleras agarrando la cuerda de mecate que tantas astillas me dejó cuando bajaba corriendo a contestar un teléfono de adolescentes. La sala quedó con una pequeña mesa, ya sin nuestros escritorios, los que pusieron para hacer tareas que sólo hizo la pequeña mientras yo me aprendía de memoria las telenovelas.
Mi habitación, ahora azúl con grafitis plateados me pareció mucho más pequeña y la de los hermanos bailarines y borrachos siguió con su mismo tamaño.
Ahora a la terraza, la terraza en la que no perdí la virginidad pero sí la ropa debajo de un cobertor blanco de plumas que nos tapaba de los mosquitos. En la que alguien me tocó mientras el otro contaba historias sobre supuestas hadas y dragones que saldrían del lago.
Miré por encima la caba a la que mi hermano me metía entre las rejas para sacarle cervezas a escondidas de papá. cuando era, aún más pequeña y más ágil. Mi árbol de limones totalmente seco. arranque un limón bebé, ya muerto y lo adopté en mi mano. Para despedirlo. Un poco más abajo el bar dónde la hermana pequeña se emborrachó hasta llorar y alguna amiga confesó sus tendencias sexuales. Ahí me senté. Pensando en el que se confundia con mapache y en la que nunca conoció mi infancia. Protegiendo los pensamientos que venían detrás. Así subí a la piedra, a la plana en la que jugaba a las muñecas con la hermana. En la que más tarde leí, y más tarde escribí. En la que lloraba cuando me enojaba con los grandes. En la que la otra hermana lloraba. Ahí rompí en llanto. Mi piedra plana, ahora cubierta de hierbas. La abracé cuando recordé que la hermana muerta se asustó al verme ahí y me mandó a leer a otro lugar más cómodo. Me quedé abrazada sobre mi piedra un buen rato. Abrazándola a ella como si así lo hiciera con toda la casa. Hasta que vi el capullo de una oruga que será mariposa. Casí me dormí. ¿dormía?
Subí a la piscina, a la que vuela al lago. Ahi saqué mi diario y a escribir. A sacarlo y a contarme. Me quité la ropa por aquello del calor y de la libertad. Esta vez no importaron los vecinos. Volví a llorar al ver el lago y pensar que la última vez que estuve ahí, llorando, era porque ella murió. Ahora me abre la puerta con una corriente de viento.
El sol enrojeció mi espalda y me fui al nuevo césped. Al que es de plástico, ahí segui escribiendo. Hasta que, algo, no se qué, me dio frío y me guardé en la sala, en la de la chimenea de las navidades con los vestidos de terciopelo azul. Conecto el Mp5 busco una banda sonora y casual y aparece la de Petter Pan. A esto lo llamo perfección. Unos minutos más y Crónicas de Narnia. Así me quedo dormida. Sin registrar a los patos ni el canto de las golondrinas a las que Mamá les cantaba al despertar.
Creo que recuperé un poco la voz. A ver si mañana hay menos angustia. A ver si era eso y no algo más. A ver si mi piedra sirvió de algo.
lunes, 25 de julio de 2011
sin un rojo cámara
¿Viste que nuestros pasos estaban en sepia mientras el rojo de mi blusa hacía reflejo con una de tantas cúpulas de las que aqui habitan?
¿Notaste que el azul del cineteatro esta esperándo a que alguien lo convierta en marrón?
Las hortensias nunca se fijan porqué les va cambiando el color. Ni quién hace su transicion en prismasol. Será que las hortensias piensan en otra cosa. Como en la muerte de Amy Winehouse. ¿Quién será ahora el ídolo de los falsos suicidas y las chicas de los peinados hasta el occidente?
Hoy mi voz no funcionaba y tuve que tirar de garganta. Mi voz siempre está haciéndome jugarretas. No quiere salir a pelear cuando yo la mando y se esconde tras unas cuerdas vocales cansadas de decir verdades. Tal vez deba empezar a mentir. Las golondrinas serían más compasivas con mis notas altas.
Se habla del teatro que no es teatro desde un asiento que no es teatral y una mirada que hace mucho no acoge un escenario. Acogerá su sonrisa y los caireles de rizitos de oro peliroja.
También voy a decir que las orquestas pueden tocar Lady Gaga y los asistentes aplauden emocionados en un jardín Guerrero que antes era de políticos, luego de jazzeros.
No siempre se puede entender lo que te esta pasando. Sobretodo cuando la angustia bloquea las arterias.
¿Notaste que el azul del cineteatro esta esperándo a que alguien lo convierta en marrón?
Las hortensias nunca se fijan porqué les va cambiando el color. Ni quién hace su transicion en prismasol. Será que las hortensias piensan en otra cosa. Como en la muerte de Amy Winehouse. ¿Quién será ahora el ídolo de los falsos suicidas y las chicas de los peinados hasta el occidente?
Hoy mi voz no funcionaba y tuve que tirar de garganta. Mi voz siempre está haciéndome jugarretas. No quiere salir a pelear cuando yo la mando y se esconde tras unas cuerdas vocales cansadas de decir verdades. Tal vez deba empezar a mentir. Las golondrinas serían más compasivas con mis notas altas.
Se habla del teatro que no es teatro desde un asiento que no es teatral y una mirada que hace mucho no acoge un escenario. Acogerá su sonrisa y los caireles de rizitos de oro peliroja.
También voy a decir que las orquestas pueden tocar Lady Gaga y los asistentes aplauden emocionados en un jardín Guerrero que antes era de políticos, luego de jazzeros.
No siempre se puede entender lo que te esta pasando. Sobretodo cuando la angustia bloquea las arterias.
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