jueves, 2 de agosto de 2007

puaj! ( homenaje a l l. azul 46)

¿ Es necesario que todo cambie
para que todo siga igual?
Dario Prieto.
Es que la necesidad de transformarse. Te asalta. Y una vez que empiezas no puedes parar. Cambios, cambios ,cambios. ¿Límites? Se han difuminado con el ron Santa Teresa. El cristal transparente ha de volverse opáco y pudrirse ante el salón del pianista. Metamorfósis, intencional que ahora confunde. Arroja los principios por la ventana.
Escupir en las estatuillas de los santos y los conceptos mamados. Que no siempre es tan bueno pero hay que hacerlo. De vez en cuando. Incendiar el autoretrato de la falsa perfección. Y ya no queda nada. O algo habrá porque luego la sensación de lo que era.
Costumbres malparidas sin haber saboreado con antelación...algo.. del todo. Pecadora.
La relatividad de los conceptos con los de afuera. Tu cabeza te juega. pasadas buenas y malas. Vitamina C en el estómago.
Ahi ando, pues sí. En medio, estoy en medio a un lado el malo y al otro el bueno. Jalame el cabello. ¡Dos bofetadas y devuélveme a la realidad! Mejor no, mejor no. La realidad apesta. A huevo y pescado de brigadier.
Tranquilo. Sin volar. ¡no se puede! algo más algomás.
soliloquios infortunos, inoportunos. soliloquios. Me acerco a la locura

miércoles, 1 de agosto de 2007

por si acaso ( h. al l.azul 45)


El sueño se rompe cuando la vida
te obliga a despertar.
Manel Roig Griñon.
- Teníamos una casa en la punta de la peña. A un lado el mar y del otro la selva. Estaba dividida por una línea de burbújas. Te parabas justo en el centro, que estaba bien señalado con gelatina fluorescente, ponías todo tu peso de un lado y la casa se movía contigo. Las urrácas del lado de la selva volaban instantáneamente y cantaban "You are sixteen, going on seventeen...". Eso hacía el lado izquierdo. En el derecho sentías la brisa del mar en las orejas y las gerberas cantaban " si acaso quieres volar..."
- ¿Ella cómo era?
- Con los cabellos hasta la cadera. Al caminar los tirabuzones rozaban su pelbis. Casi siempre con flores enredadas en los rizos. Era color dorado cobre. Nunca dejaba de sonreír. Vestida de blanco y rojo.
- ¿Qué lado le gustaba más?
- ¿No te lo estoy diciendo? Cada día uno distinto, cada momento. Cambios. Por eso era ella. Nadie más podía hacerlo. Solía dibujar mariposas con los labios a las cinco de la tarde. Justo antes de que cayera la última pluma del dragón.
- ¿Los dragones tienen plumas?
- ¿ A ti qué más te da? ¡Visualiza! Sus cabellos daban cosquillas cuando me besaba el cuello. Una vez amaneció con las muñecas cubiertas de mercurio. Se echó el cabello, su cabello olía a mango, se echó el cabello para atrás, y el mercurio antes una sola forma rompió en cientos de perlitas que le adornaron la cabellera durante toda la semana.
- Sus ojos eran verdes. Una vez los vi. ¿Cómo te miraba?
- Como un bebé la primera vez que escucha música. También su piel era suave. Me acariciaba los pechos constantemente. Las sirenas bailaban a nuestro alrededor, después nos besaban. Antes de que nosotras nos consumieramos entre la playa y la selva. El león siempre fue celoso.
- Ah, claro. Aquella vez que llegaste hecha trizas. La camisa desgarrada y eso. Habría sido el león.
- ¡Qué va a ser el león!. Ese fue su hermano. Una vez que no me di cuenta mientras la tocaba y él surgió en el punto exacto de las burbujas fluorescientes. Iracundo me echó de su lado. Pero yo volví y ella me recibió más contenta que la primera vez.
- Los hermanos son indecentes. Nunca tienen ocupación. Pueden pasarse el día rellenando botellas de aceite o jugando con el televisor a que son diseñadores.
- Ella quiso ser diseñadora. Prefirió andar desnuda entre la hierba. Yo también lo preferí. Desnudas nos acariciábamos todo el tiempo.
- Guardas muchos secretos. Conozco a alguien que no sabe gguardar más secreto que el de su agonía. Y, lo guarda mal porque a mi me duele constantemente. ¿Su agonía sabes?
- No empieces con ella. Estamos con la mía. Su boca era parecida a la de una virgen. Una virgen suicida.
- Me encantó esa película. Quedé totalmente enamorado de Lux.
- Como todos los chicos. Ahí la del encanto es Cecilia. Soñé con ella de los quince a los veintiuno. Nosotras sabemos diferenciar el encanto. Ustedes no.
- ¿pero nunca te fijaste en los omóplatos de Kirsten Dunst? Es maravillosa.
- Tú eres un poco de los Locos Adams. Sigo con mi historia, no soporto a Kirsten Dunst. Solíamos pasar las mañanas en la selva y a partir de las cinco, cruzabamos al mar. A las siete de la noche, antes de que el sol se fuera por completo tomabamos el café en una casa de cristal. Una ancianda gorda y de pelo morado nos hacía cafés de zarzamora y caramelo. Entonces llovía y nos besábamos sintiéndo las gotas en nuestras coronas frío afuera y zarzamora calientita en la garganta. La anciana siempre olía a nata con chispas. El chocolate era espectacular.
- ¿Recuerdas el nombre de la anciana?
- Nunca nos lo dijo; sólo decía : " mis niñas, hora del café" Era cuando desaparecían la selva y la playa y sólo quedaba la cristalera cubierta de lluvia..
- ¿Porqué la dejaste?
- Porque despertó un día. Me le acerqué. No recuerdo que le dije. Contestó que no era homosexual. La enfermera la sacó de la cama. La vistió frente a mi. Tortura extrema. La puso en la silla de ruedas y salieron. Me quedé sin poder volver a entrar en las burbujas fluorescentes.

martes, 31 de julio de 2007

cuando en cuando (h. al l. azul 44)


Cuando brillaba la luna no
veíamos la vela.
El brillo mayor oscurece al menor.
Shakespeare.
De cuando en cuando un beso antes de dormir.
La caricia minutos antes de la lágrima.
Sin interrupciones en el canto de las chicharras.
De cuando en cuando cuentos de aztecas y princesas árabes.
Colateral, el asfalto
cuando en cuando cruzas la calle y te sonríen.
Hermandades enúmeradas. Avaricia del lobo cuando en cuando tenía que matar a los pastores.
Entonces la Torre Eiffel y no las terrazas y el acordión antes del acordeón. Un anciando con polvo en las arrugas y petalos en las raíces del cabello.
Los locos que te comían el sueño
de cuando en cuando la pasta se les quedaba en las barbas. Ahora espectros enjaulados en el psiquiatríco.
De cuando en cuando la indiferencia ante la pesadilla atada,
solucionada.
De cuando en cuando los locos no dejan de salir de entre las paredes y las esquinas. Oliendo a miados antes que de cuando en cuando las orugas se te peguen a la nariz y te succionen las venas de los orificios.
Las películas son de cartón. Afuera, en la terraza y la fuente están las escenas. No en las melodías, en las miradas.
De cuando en cuando en los pies del peregrino que no encontró. Otros en grandes apartamentos escuchando a Mozart. Sin tierra,
ni pelusas.
De cuando en cuando la nieve y el sudor son indistinguibles ante las distancias....
bagones perdidos en el inframundo.
De cuando en cuando no quedan lámparas,
ni siglo de luces
la tibia y mediocre luz de una vela
que
puede
a pa gar se

lunes, 30 de julio de 2007

desde entonces ( h. al librito azul 43)


La mujer ha sido siempre prisionera de amor
y sólo empieza a salir de la cárcel
cuando lo convierte en palabra.
Carmen Martín Gaite.
Se alejó poco a poco. Fue la retirada de los cangrejos al amanecer. Dejó de besarla en las madrugadas. Sus jornadas laborales se extendían hasta horas en las que el sueño ya le había condensado la espera de su llegada.
Intercambió sus poemas por discursos políticos. Ella ya no reía a su lado. Se asqueo de su ropa interior morada y de sus persecusiones al salir de la bañera.
En las mañanas él salía oliendo a colonia, regresaba con olor a perfume. Ella comenzó a esperarlo despierta. A veces a cerrar la puerta a partir de determinada hora, a ver si así se acortaban sus fiestas. No pasó. Él siguió llegando cada vez más tarde y en las mañanas más enojado.
Ella se dedicó a sus hijos y sus aficiones por las joyas. No quería dejarlo. Sabía que ya no la quería. Fue incapaz de dejarlo de amar. Se teñía el cabello, nuevos cortes de pelo, cambios de look. Nada funcionó.
Él se volvió un gran político. Compraron casa nueva. Sirvientes. Ella decoró la casa con estatuillas africanas y fotos de fríos fines de semana.
Sólo una posición en diez años. Ella creía que era normal.
Alguna vez lloró. Poco se lo permitía. Entre los niños y la conciencia de ser ella la culpable. Una tarde arrojó el anillo por la ventana. Él no se dio cuenta hasta el día con el forense.
Se volvió histérica y caprichuda. A momentos. Él cada vez mas estático. Un inmortal.
Ella nunca entendió por qué. Un poco como a Alfonsina, olas se la fueron llevando. Nadie se dio cuenta. La corriente de la tristeza a veces es invisible. Por alguna u otra razón, terminó en cachitos, en un congelador.
La otra estuvo en su funeral. Él dio un buen discurso.

viernes, 27 de julio de 2007

caer ( h al. l. azul 42)


Suéltate del infierno,
y tu caída quedará interceptada por el cielo.
Djuna Barnes.
Podría dejarme caer. Navegar entre nubes, ángeles y sus arpas. Respirar perfumes todas las mañanas. Pasar las tardes con la sensación de la cobijita y la fogata caliente. Teniendo a quién abrazar por las noches. Podría viajar a montañas y dibujar los atardeceres con un té de chocolate y el queso con miel que toman los abuelos. Podría sentarme a ver películas, bajo paraguas todo poderosos. No sentir el calor, ni la lluvia, ni el frío.
Sucede que me estoy chamuscando y que el ansia es tan grande que necesito seguir en el fuego. Brincando, haciendo malavares. Escapando de los viles. Sintiendo a vena abierta los insomios de lecturas. El abismo de la fiebre a causa de las tormentas. Las explosiones de las cerezas. Percibir en el estómago las agruras del abandono. Quemarme hasta los callos de estupideces. De sin razón.
Parece que soy un hada asesina. Que a veces las otras hadas me aburren con sus rosas y su música de caja. Me corroe el ansia de matar, de correr, de gritar. De no parar. De tener ojeras y adelgazar hasta las muelas a causa del estrés. Otros días de dormir. Sin sombrillas. A flor de piel cada mosquito para llorar porque lo merezco.
Después me arrepentiré y será muy tarde. Puede ser. Pero ahora no puedo descansar.
Ya sé que nadie lo entenderá.

jueves, 26 de julio de 2007

ya sabía ( h. al l. azul 41)


El cuento es sólo uno de los ewscondites mágicos,
del que siempre se vuelve a la vida real
Biruté Ciplijauskaité.
Salí del metro y te encontré en el kiosco de periódicos. Te reconocí por los cabellos impregnados de güisqui y los rastros de Emilia. Supe al momento que no ibas a comprar nada. Aunque la trilogía de Lars Von trier estuviera tan barata. Vi a Selma Jezkova deshaciéndose en tus pestañas. Por eso me acerqué. Finjí, como siempre lo hago, que se me caía el llavero al pasar detrás tuyo. Giraste y sé que te sorprendiste al verme. Una grata sorpresa como cuando crees que ya se te ha acabado el chocolate y descubres que queda un cuadrito más. Levantaste el llavero, después de saludarme con tu aire de desdicha. Preguntaste que significaba y te conté que era un regalo de Argentina. Mencionaste haber estado ahí. En tus pupílas la silueta de una no-Emilia. Dijiste no tener nada que hacer. Comenzamos a leernos. Sin encontrarte antes de un agua de frambuesa con mis demás que a veces es sólo uno. Leíste su historia en mis labios, por eso te identificaste. Como cuando lees una frase de alguien más y sientes que te ha sido arrebatada. Porque eso tendrías que haberlo escrito tú. Quisiste ir por un güisqui. Te dije de cuando lo escupía. Así que para mí un Abascal y para ti un Jack Daniells.
Al sentarnos en la barra rozaste mi cintura, recordé que querías desnudarme y acaricié mi cabello, coqueta. Sabes que lo soy. Lo supiste más ese día después de la tercera copa y de citarme a tu tan idolatrado Borges, que yo no siempre lo entiendo y me aferro más a Cortázar.
Tenías curiosidad sobre los rojos-rojos y yo te hablé de borregos. Es que luego la política es un desastre y terminas lavando un sartén con huevo pegostioso. ¡Y no se quita! Una copa más y pregunté sobre los gritos de los vecinos. Estabas emocionado al describirme sus reacciones. Pensé en tu novela en mi cuello, pagué la cuenta y te arrastré...

miércoles, 25 de julio de 2007

juro (h. al l.azul 40)


Jurar no ser lo que acabamos de decir
es ya serlo a medias.
Moliére
Vivo hechizada entre árboles gigantes que me atrapan en sus estambres..
Enredada en los dibujos de Tilly and the wall. Sin poder salir de las melodías de Azure Ray.
Llena, hasta las rodillas, de lodo. Con las uñas de los pies pintadas de azul.
Confusa entre paralelismos entrecruzados y ventanas vecinas.
Pegostiosa de infancia. Salpicada por rencores ajenos que apestan a ajo.
Juro no haber querido lastimar a nadie. Juro que mis cabellos son hilos dentales tras devorar a las serpientes.
Juro que no tengo ya cutículas pomposas ni rastros de haber sentido frío.
Atrapada por las manos que no son mias y el todo poderoso asfixiando las vanalidades.
Vomitada de retórica abastecida de conejos. Perdida entre páginas en blanco y libros por leer.
Carcomida por motocicletas y la falta de vacaciones. Borracha de sacarina y edulcolorantes de sabor cardamomo.
Juro que nunca advertí su presencia. Juro que me dan asco los besos sin emociones. Juro que nunca seré bruja.
Empastillada de pelotas de golf entre la nuca y la yugular. Protegida hasta las cejas por overgrips naranjas con verde. Mareada de rebajas mentales y bajones de azúcar.
Enferma de sudores a media noche hacia móviles bailarines.
Cansada de no saber lo que sé. Enfadada de hacer lo que no hago. Inmóvil entre vueltas y rodeos lastimosos. Angustiada de alarmas y susurros del libro azul.
Juro no haber sentido deseos. Juro sentir tres mochilas en el dedo pequeño. Juro no recordar alguna canción de Maná.
Embrutecida por las letras en gris y las entradas de los profesores al salón de baile. Rapada hasta las rodillas del coqueteo en la primaria y las pulseras de plástico.
Juro que no escribo. Juro que no escribiré jamás algo que no tenga forma.
Juro que jurar es una palabra de risa contagiosa. Masiva.